Failberry cake

She’s my faily pie

Sugar pink slaughter

Such a sweet surprise

Tastes like wood

Makes a grown man cry

Sweet faily pie!

 

(Si lo escuchas al revés, es eso lo que dicen)

Cuarto Milenio producciones presenta: El misterio de la failberry cake

La leyenda cuenta que una vez al año, cuando la luna llena, la compunción de planetas hace que la cocina se convierta en una puerta al más allá, un lugar osírico pueden ocurrir cosas inenarrables, donde cualquier cajón, cualquier encimera, cualquier fregadero pueden ser testigos el misterio. La failberry cake, ¿leyenda o realidad? ¿Fresa o demoñíaco alimento? Comenta la leyenda que si los ingredientes (nata, fresa, azúcar… todos ellos mundanos, nada en sí extraño) se unen en un preciso orden puede ocurrir una trashumación de los mismos mediante la cual se invocan presencias extrañas en el plato. Algunos incluso aseveran que si las condiciones son las primicias, pueden aparecer mensajes en el plato. Mensajes inasibles, ¿qué nos quieren comunicar? El misterio sigue imperecedero.

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Empecemos por el principio. La receta original no tenía pérdida y la puede hacer un niño de cuatro años, peeeero la clave está en saber usar el agar agar. Sin agar agar, esa algar (aaaalgaaar) mágica que convierte lo líquido en sólido con un punto de gaseoso, este postre puede ser un batido resultón pero no ese lujurioso pastel de fresa que hace que las mujeres se desnuden con solo probarlo. Echadle agar agar sin miedo (si sois amantes crueles de la gelatina ya sabréis lo que hacer y os dejo solos ante el peligro), que yo me quedé corta y aquello cuajaba menos que un plan de urbanismo diseñado por el Pocero.

¿Fue quizá la desveganización de la receta lo que la maldijo? Nunca lo sabré.

La receta que maté (The Evil Power of Dead Whipped Cream)

  • 100 g galletas maría
  • 50 g margarina
  • 350 g fresas
  • 500 cl nata para montar (fría como de frío siberiano: Desolation of the Frostbitten Blade)
  • 20 g azúcar glas
  • 150 g azúcar
  • 3 cucharadas de postre de agar-agar (ya lo digo, la próxima vez le echaré una cucharada sopera colmada)
  • Fresones como escarpias (unos 8)
  • Mermelada de fresa como si no hubiera un mañana
  • Más agar agar (palabra patrocinada por Arévalo)

La pureza que yo mancillé (Beyond the Frozen Strawberry of the Unholy Fridge)

Ha pasado ya un mes de la perpetración del crimen, pero trataré de transmitiros los detalles para que no cometáis mis errores.

  1. Trituré la margarina y derretí las galletas en el microondas. No, no, al revés. Las galletas se pueden triturar con un mortero o darle un toque de Thermomix hasta que queden como arena del desierto, pero siempre hay que hacerlo con furor vikingo y con música acorde a la tarea. Mezclé los ingredientes e hice una masa trabajable que incorporé al molde con cuidado de que quedara más o menos uniforme. Después dejé enfriar en la nevera.
  2. Batí la nata fría (Cold Like Freezing Wind of the Spectral Forest) con los instrumentos también fríos (Cold Bitch of the Nocturnal Blasphemy). Eso es fácil. Se va montando y cuando coja volumen se le va echando azúcar glas con alegría. Cuando la hube montado y parecía espuma de afeitar, la reservé en la nevera.
  3. Troceé las fresas como si fueran el corazón de una virgen (Sacrifice of Purity Under the Unholy Twilight) y las batí en la Thermomix con un poco de agua (60 ml, según pone la receta original). A partir de aquí, el horror. Se supone que se echa en un cazo, se añade el agar agar y se deja reposar. Bien, eso hice. Agar agar,  reposar, luego llevar a ebullición, esperar un minuto y retirar. Vertí en el bol, pero aquello no espesaba como debiera. Temí lo peor, pero el mal estaba hecho. Dejé enfriar, removiéndolo con una cuchara de vez en cuando, con la obediencia de una carmelita.
  4. Una vez frío, mezclé unas cucharadas de la nata montada con el puré de fresas y, a partir de entonces, con la tranquilidad de una ceremonia del té, lo mezclé todo como una geisha de la repostería. Después, a la nevera de nuevo, donde habría de pasar la noche para que cogiera tono, como una modelo que deja que la brisa helada del congelador le acaricie el rostro para una operación de alisado urgente (Conquering the Unholy Lifting of the Infernal Beauty).

El resultado

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You’ve messed with my cake.

El horror. Llegaba la hora de la comida. El señor Zaca venía hambriento del trabajo y lo que salió de la nevera era una mousse muy poco consistente, pero yo no lo sabría hasta que se me ocurriera la brillante de idea de desmoldarla antes de tiempo mientras cortaba las fresas que iban a servir de decoración. Nunca, nunca, nunca desmoldéis la tarta antes de haberla decorado, aunque imagino que seréis más listos que yo.

Pues bien. Desmoldé. Corté las fresas. Fui a colocarlas en la tarta y descubrí que aquello se iba derritiendo más que el maquillaje de una gótica en Antequera a pleno sol. Horror. En un acto desesperado, decidí volver a colocar el aro del molde como fuera. Para ello tuve que cercenar parte de la tarta, pero daba igual: el señor Zaca iba a llegar y su tarta no estaba lista. Aún había esperanza. Coloqué las fresas y, en otro acto desesperado, metí la tarta en el congelador para que volviera a coger tono: un truco de la Mazagatos que no podía fallar.

Y falló. Y cómo.

Aún quedaba hacer el sirope que cubría las fresas. Trituré a todo correr un par de cucharadas de mermelada de fresa con un poco de sirope y de azúcar glas. Llevé a ebullición 100 ml de agua con la mezcla anterior y media cucharita de agar agar. Saqué la tarta de su operación de urgencia en el congelador y vertí por encima el líquido mientras tarareaba esta canción.

A la hora de servir, gracias a unas decisiones de política española ante la crisis (desesperadas e inútiles) todo estaba medio congelado. Incluso las fresas. Y las fresas siguieron congeladas cuando lo demás empezaba a ser comestible.

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De sabor muy bien, cuando ya no estaba congelada. Pero la textura un fail. Que en los blogs de cocina todo son jijis y jajas, pero a veces ocurren estas cosas.

Rollitos de calabacín y aguacate

Rollitos enrollados, bro

 

Esta es una de esas recetas que demuestran que yo no estoy hecha para trabajos finos (soy más de montañas indecentes de chocolate), pero tengo que decir que la idea es buena aunque la ejecución haya sido pésima.

La idea es cortar unas tiras finas de calabacín con una mandolina y enrollarlo dentro con arroz y aguacate. Como no es maki ni se le parece, puede valer un poco de arroz cocido (aunque sea “solidario”, que diría una amiga: pegado en amor y compañía) que tengamos por ahí y rellenarlo con lo que apetezca. También podemos cocer un poco de arroz para sushi y prepararlo igual (mezclando vinagre de arroz y azúcar; eso ponía en el paquete, a mí no me miréis) y enrollarlo con el acompañamiento que más apetezca. Se puede enrollar cualquier otra cosa, hasta puré de patata, qué sé yo. Pero la estrella esa la tira de calabacín crudo, que le da un sabor riquísimo.

Momento fail

Mi momento fail fue cuando me di cuenta de que a lo mejor se me había ido la mano con el largo de la tira y aquello no terminaba de enrollarse nunca. Si el calabacín es muy largo, la próxima vez lo cortaré solo hasta la mitad y creo que con eso es suficiente para enrollar un poco de arroz y rellenarlo, pero seguiré practicando.

Lo que yo le puse:

  • Tiras de calabacín
  • Arroz (no sé cuánto, solo fue para un entrante de ocho rollitos en total… ¿50 gramos? ¡Es que lo queréis saber todo!)
  • Vinagre de arroz
  • Azúcar
  • Aguacate cortado en trocitos
  • Salsa de soja
  • Pizca de wasabi

Lo que yo hice:

  1. Cocer un poco de arroz siguiendo las instrucciones del paquete de la marca Blue Dragon que compré. Primero hay que lavarlo, después de eso hay que dejarlo en remojo y después cocerlo. Una vez esté listo, se le añade un poco de vinagre de arroz y de azúcar. Si fuera para sushi habría que abanicarlo y todo ese rollo para gente con tiempo libre, pero para un entrante sencillo no me apetecía tanto ritual y me salté ese paso. Si sois muy sensibles respecto al noble arte de enrollar arroz japonés en tiras de cosas verdes no sigáis leyendo, por favor, o se os caerán los ojos.
  2. Cuando el arroz estaba ya frío, cogí las tiras de calabacín (cuanto más finas, mejor) y las coloqué a lo largo encima de la mesa de la cocina (limpia y desinfectada, que en esta casa somos gente de bien).
  3. Después, con un arte que haría revolverse en su tumba a los maestros zen de la cocina, me dediqué a colocar el arroz con los dedos (os dije que no siguierais leyendo, yo os avisé) encima de las tiras de calabacín y coloqué en el centro unos trocitos pequeños de aguacate.
  4. Todavía me quedaba arte para luchar con el enrollado y, con tanta gracia que un arquero japonés lloraría de indignación si me viera, me dispuse a darle la forma de rollito al invento, en un acto que parecía no acabar nunca, mientras le hablaba al calabacín (hay gente que habla con sus plantas, yo hablo con mis hortalizas) y le decía con tono reprobatorio: “calabacín, has sido maaaalo…”
  5. Para darle más gracia aun, aplasté un poco los lados con los dedos, así, disimuladamente, y coroné el extremo superior con algún trocito más de aguacate para que se viera bien en la foto. Se le puede añadir (con un poco más de gracia, espero) un poco de de zanahoria, maíz o lo que os pida el cuerpo.
  6. Comérnoslo, con los dedos. Somos gente de bien, pero tampoco tan finos. Zaca y a zampar, ¿qué si no?

 

Los rollitos están enrollados, ¿quién los desenrollará?

 

Cauliflower superpower (in da nait)

Lo malo de pasar tanto tiempo sin actualizar es que de repente te encuentras con un montón de fotos de comida y ni te acuerdas de cómo narices lo hiciste. Pero, ¡eh!, que esto no es el programa de Arguiñano, tampoco nos vamos a poner puntillosos con cuánto te mide eso, cuánto te pesa aquello…

¿Cuánto te pesa la coliflor?

El otro día hice un cuscús de coliflor (idea que no es mía, el dios de la huerta me libre, me topé con ella por internet sin comerlo ni beberlo) porque, como bien sabe el señor Zaca, todo lo raro tengo que probarlo. Yo le puse el plato con toda su apariencia de cuscus de andar por casa, como siempre, y cuando se lo estaba comiendo le digo: es cuscús de coliflor. No me escupió ni nada, así que debió de gustarle. Me parece una idea estupenda para que los niños coman cosas que no suelen gustarles. Y es que ¿quién fue el primero en probar una coliflor? ¿O un brócoli? ¿Lo hizo a palo seco? ¿Simplemente la mordió y ya, sin miedo en su corazón? ¿Pensó que el mar había llegado a la tierra y que eso era el fin de los tiempos? Porque hay que reconocer que son verduras como de ciencia ficción, verduras de otro planeta que han venido para quedarse, invadir nuestras casas, nuestras cocinas… ¿Quién sabe de qué terrible mundo vienen estos extraños seres que se reproducen por semillas? A mí me tranquiliza que no tengan vainas o no me fiaría de mi esposo…

Cauliflower power, bitches

 

Lo que yo le puse:

  • 1 coliflor grande como… como… ¿un tocador?
  • 2 cebollas grandes como… como… ¿secuoyas?
  • 1 pimiento rojo asado (en el horno, divinamente)
  • 1 calabacín pequeño como… como… ¿un jalapeño?
  • 1 sobre de azafrán el polvo
  • 100 gr de aceitunas negras como… como… ¿suegras?
  • 1 cucharada de albahaca
  • 1 pizca de canela
  • Salta pepa (salt n’ pepper)

 

Lo que yo hice:

1. Limpiar bien la coliflor bajo el chorro de agua fría con toda la furia del rock. Al ritmo de los Twisted Sister, por ejemplo. No sé, algo en la apariencia de la coliflor me dio ganas de escucharlos.

2. Quitar las hojas verdes y los tallos duros, y dejar solo las flores, limpias, blanquitas, como las de una virgen.

3. En la Thermomix (o en cualquier robot de cocina con potencia suficiente para producir una nueva Gran Explosión) triturar los ramilletes de coliflor hasta que quede con una presencia parecida a la del cus cus. En mi caso fueron apenas unos segundos en velocidad 4, si no recuerdo mal. También se puede hacer a cuchillo, mucho más metal, sí, pero más loser también.

4. En una olla hirviendo con agua como para provocar un nuevo diluvio (se me agotan las hipérboles, señora), echamos los ramilletes y los escaldamos durante un par de minutos. Los sacamos y les damos una duchita de agua fría, como si le hubiéramos regalado a la coliflor un circuito de spa, para cortar la cocción.

5. En una olla con aceite (no me puedo resistir a poner esto, la coliflor me obliga) ponemos las dos cebollas cortadas en tiras finas y las rehogamos hasta que estén transparente. No utilicé la Thermomix para hacer esto porque me daba pereza limpiarla, oye.

6. Cuando estuvo pochadita y apetecible, añadí el calabacín cortado en dados y lo dejé rehogar también. Un mayhem de rehogar. Mientras, troceé las aceitunas negras como suegras y las eché al bollo.

7. Añadí la coliflor reservada.

8. Mezclé el sobrecito de azafrán con un poco de agua caliente y lo eché encima del mejunje. Le di unas vueltas para que se impregnara bien y después espolvoreé, con la gracia de una ninfa que pasea por un prado, la albahaca, la sal y la pimienta.

9. Una vez tuve que emplatar, cogí el pimiento rojo que había asado antes, lo corté en tiras y lo puse decorando el plato, con cuidado de tapar aquellos lugares donde el exceso de agua fuera visible para la foto del blog. Sí, se me fue la mano con el “poco de agua caliente”, por eso yo aviso, pero no lo vamos a ir pregonando por ahí, como si esto fuera el Sálvame.

10. Mientras ordenaba al señor Zaca que se lavara las manos y pusiera la mesa, le saqué la foto al plato y… ¡zaca y a zampar!

11. Déjame… que te acaricie el cuscús, déjame…

Bizcochone di chocolate con mascarpone y naranja

Hay días en los que uno se vuelve loco y se flipa de más. ¿Y si en vez de yogur le echo mascarpone? ¿Y si le echo un chorrito de de zumo de naranja con soja? ¿Y un chute de Amaretto? Cierto es que yo le echo Amaretto a todo, soy una Amarettohólica. ¿Y unos trocitos de chocolate con naranja y almendra de la tableta de Lindt? Bueno, sí, no es nada tan original como el bizcocho al vino o la tarta de Guinness, no, pero le pongo ganas y empiezo a trastear con mis manitas como si fuera Vender o Eduardo Manostijeras, a lo loco y sin criterio. De ahí que nunca apunte recetas y que todo surja del caos. A veces las cosas surgen del caos y terminan en caos, también es verdad.

Hoy he desayunado el experimento de ayer y he de decir que no sabía si comérmelo o foll… si devorarlo o descuartizarlo poco a poco. Este bizcocho no ganará ningún premio de repostería, ni falta que le hace, pero está de toma café y moja. Os cuento el secreto.

A tope de mascarpone, el bizcochone de los campeones

Lo que yo le puse:

  • 200 gr de chocolate negro (Lindt 70% en mi caso, con algunas obleas de 85% para darle más negrura)
  • 250 gr de mascarpone (aproximadamente, eché la tarrina medio empezada)
  • 250 gr de azúcar (de los cuales casi 100 fueron de azúcar vainillado)
  • 4 huevos
  • 260 gr de harina
  • 1/2 vaso de bebida de soja y naranja
  • 4 cuadraditos de chocolate con almendra y naranja
  • 1 chupinazo de Amaretto
  • 1 sobretón de levadura

Lo que yo hice:

  1. Tenerlo todo preparado a temperatura ambiente para que los dioses de la alquimia no nos maldigan con la ruina. Sacar los huevos, la bebida de soja y el mascarpone y dejar que se pongan tibios. (Qué humor más fresco el mío, ¿eh?).
  2. Engrasar un molde circular con margarina y espolvorearlo con harina. Qué culpa tengo yo, si rima.
  3. Ir derritiendo el chocolate en el microondas. Yo pongo potencia mínima y voy removiendo cada poco tiempo para que no se queme. He de confesar, hermanos, que yo siempre añado un poco más de chocolate que el que sale en la receta, porque entre el que se queda en el bol y el que me como desaparecen unos 30 gr.
  4. Precalentar el horno a 180º para que reciba en su vientre el bizcochone. Pero ¿cuándo empezamos con el zaca zaca? No te pongas nervioso, gourmental, que los preliminares son importantes.
  5. Azúcar y huevos. Un bol. Una máquina de batir. Un poco de caña. Un ligero descuido y el huevo me hace un facial en la cara, pero el espectáculo debe continuar. Tiene que hacer espumita; en el bol, no en tu cara.
  6. Añadir el mascarpone (con cuidado de quitar el líquido sobrante, si lo hubiera, que nos agua la fiesta). El robot es tu amigo. Un poco más de caña y las paredes de la cocina parecen un bukkake (o un cuadro de Pollock), pero todo está bien. Tú eres un junco y nada te turba.
  7. Ponerle el chupito de Amaretto. ¡Hic! Añadir la soja-naranja. ¡Hurra!
  8. Añadir el chocolate, que ya no está caliente. Churrupetear la cuchara y sonreír.
  9. Mezclar la levadura con la harina, tamizar y añadir poco a poco a la mezcla.
  10. Cortar los cuadraditos de chocolate con almendra y naranja con precisión de relojero y añadirlos a la mezcla.
  11. Echar la mezcla en el molde que teníamos preparado (porque… lo has preparado ¿verdad?) y meterlo en el vientre del horno para que haga su magia.
  12. Esperar pacientemente antes de abrir el horno por primera vez, que se nos corta el rollo. Cuando hube recitado la letanía de las Bene Gesserit diez veces («El miedo mata la mente. El miedo es el pequeño mal que conduce a la destrucción total.» Etc.), entonces abrí el horno, pinché con un palito en el centro (con cuidado, no seáis burros y tratad al bizcocho como a una virgen en su primera vez) y, cuando salió seco (¡uy, lo que ha dicho!), entonces apagarlo.
  13. Hay que dominar la lascivia y dejar el bizcocho dentro del horno apagado un ratito, como unos cinco minutos. Después, ya se puede entreabrir para que se vaya el calor poco a poco, y así el bizcocho no se baje demasiado. Ya sabéis de qué hablo.
  14. Dejarlo enfriar. Hay que desmoldar como si le quitarais el vestido a esa jovenzuela de aspecto delicado, o los pantalones a ese mozo de paquete apretado. Con cuidado, quiero decir. Si seréis…
  15. Servid, decorad, poneos esa batita de seda que os gusta y disfrutad del resultado. Zacad y zampad, un zacadesayuno de zacasexualtransilvania.

«Si pudiera, me tocaría», dice el bizcochone.

Crema de berenjena a la rima asonante con pistacho

Ninguna berenjena fue torturada en la preparación de esta crema

Me guuuuusta la berenjeeeeeena, dame más berenjeeeeena.

Sé que he sido una blogger mala, muy mala, por no actualizar en tanto tiempo. No tengo excusa, no tengo vergüenza, no tengo seguidores, ¡no tengo nada! Me pondré una A en el pecho y la llevaré ante todos como muestra de penitencia. Y ahora, nos dejamos de mandangas, ¿sí?

La berenjena es una hortaliza a la que dedicaría poemas enteros: la berenjena, la hortaliza del Goatse. ¿A que soy única abriendo el apetito del internauta? Pues bien, estaba yo un día rodeada de berenjenas gigantes (a la familia Zaca le ocurren esas cosas: que pagan sus servicios con hortalizas. Esa fama tenemos) y no sabía qué hacer. Como soy una señora decente y respeto la sensibilidad de las hortalizas, descarté la idea de utilizarlas como juguete sexual y elegí la transgresora idea de cocinarlas. Eran muchas, muy gordas, me observaban amenazantes dentro de una bolsa verde y yo pensé: crema. Se me cayó una bolsa de pistachos al suelo y me dije: crema con pistachos. Esto ocurrió hace meses, no me preguntéis por los detalles de la receta porque no me acuerdo. Ay, pequeños vagos: que queréis que os lo den todo hecho.

Lo que yo le puse:

  • 1 cebolla gorda cual teta de Russ Meyers
  • 1 puerraco de Puerto Urraco
  • 3 berenjenas hermosas cual nínfula gozosa
  • 2 cucharadas de tomate triturado
  • 130 gr de pistachos chachos
  • Caldo de verduras, generosa
  • 1 cucharadita de azúcar
  • 1 cucharadita de sal
  • 1 chorrito de Jerez (ahí va, qué chorrazo)
  • Tomillo, que te la pillo
  • 1 pizca de comino luciferino
  • 1 pizca de nuez moscada, descuartizada

Lo que yo hice:

Cocinarlo todo hasta dejar una crema. ¡Que aproveche! Espero que sigáis visitando mi blog.

Vale, vale, intentaré recordar mediante una sesión de hipnosis. Eres una Thermomix, mira este péndulo, eres una Thermomix, Thermomix, izquierda, derecha, Thermomix. ¿Qué recuerdas de esos días? Las berenjenas, ¡las berenjenas! Estaban por todas partes. Sé que es duro, pero intenta recordar. Soy una Thermomix.

  1. Me metieron una cebolla y lloré. Lloré porque mis cuchillas la hicieron pedacitos a velocidad 5 durante cuatro segundos. Recuerdo que el señor Zaca estaba en el despacho y también lloró. Algún día vendrán a por ti, pero ya no habrá nadie para llorarte.
  2. Aceite, me entró aceite. El aceite en mi vaso, 5 minutos, temperatura Varoma. Póchate, cebolla, pensaba, póchate hasta dorarte: ¡nunca volverás a ser la misma! Creo que antes del pitido solté una risa infernal.
  3. Puerro, puerro en rodajas. Caía puerro en rodajas dentro de mí. No pude hacer nada durante otros 5 minutos a 100 grados. ¡Jodeos, puerros!
  4. Berenjenas desflemadas. También había berenjenas desflemadas y casi me llenaron, no podían ponerme la tapa. Pero me vengué, oh, sí, me vengué: poco a poco fui chupándoles el agua hasta que ya no se pavoneaban tan gordas dentro de mí. ¿Dónde está tu dios ahora, eh, berenjena!, gritaba mientras daban vueltas las cuchillas. 10 o 15 minutos las tuve ahí, no recuerdo bien, hacía mucho calor. El vapor, el vapor…. ¡nooooo!
  5. Tomate triturado, era de la marca Hacendado. ¡Los cerdos me meten marca Hacendado! Perdedores. Y yo no podía hacer nada por quitármelo de ahí, cubriendo el puerro, la cebolla, las berenjenas, mancillando mi acero inoxidable. Caía el tomillo, cayó el vino, y el azúcar, y la sal, y la nuez moscada, el comino… Obligada a trabajar sin descanso, 1o minutos, 100 grados. Está todo muy borroso… no quiero seguir con esto.
  6. ¡Pistachos! ¡Los hijos de puta me tiran pistachos como si fuera un elefante del zoo! Eran muchos, un puñado enorme de ellos riéndose, cayendo en paracaídas. Quise triturarlos, pero no me dejaron. Solo pude darles vueltas y vueltas, despacio, durante unos minutos. Pero algún día me vengaré, oh, sí, me vengaré y escupiré sus pedacitos en mis paredes.
  7. Caldo de verduras. Qué finos los señoritos. ¿Cuándo parará esto? Todavía 15 minutos más. 100 grados. Intenté engañarles y ponerme en Varoma a ver si se les jodía el invento, pero mi reprogramación vengativa aún no funciona. Dadme tiempo.
  8. Terminó. Me dejaron hacer lo que más me gusta: triturar hasta que no quede ni un solo trozo de esas malditas verduras con las que me humillan cada vez. Quería hacerlo rápido, pero tuve que esperar a que bajara la temperatura. Intenté que saltara el cubilete a ver si le quemaba un párpado a algún estúpido humano, pero no hubo suerte.
  9. Escuché cómo barajaban la posibilidad de enchufarme nata, pero me dejaron por fin descansar de esta humillación de receta, los muertos de hambre comecebollas. Descansad, humanos, descansad. Tenéis que dormir y algún día despertaréis conmigo a vuestro lado, mientras pongo el Turbo con vuestras cabezas dentro. ¡Bawhahaha!

Satu, satúramelo, satu, satura mi corazón

Bizcocho atigrado

Bizcocho Art Decó

Lo que yo le puse:

Lleva tres huevos
Harina Bizcochona
250 gr

Lleva fructosa
medida a ojímetro
120 gr

De mascarpone
una tarrina llena
grasuza sin fin

Media tarrina
con aceite de oliva
del Mercadona

De Frangelico
no más que un chupito
pues si no es vicio

Cacao en polvo
seis veces la cuchara
habrás de llenar

Ponle canela
si es que te peta
y si no también

Lo que yo hice:

Batir los huevos
con la rica fructosa
sale la espuma

El mascarpone
habrá que añadir también
con el aceite

Bate y bate
disuelve los grumitos
el cielo es azul

La harina vuelca
en el cuenco del amor
es primavera

Otro cuenco más
por el poder de Grayskull
en tu encimera

Divide en dos
esta masa cósmica
el cuenco brilla

Seis cucharadas
cacao en polvo Valor
en todas ellas

Nieva y nieva
se oscurece la masa
enciende el horno

El Frangelico
su sabor de avellana
con chocolate

Y esa canela
que la Fortuna esparce
se me hace tarde

Horno caliente
prepara el molde, nena
con margarina

Vierte la clara
dos cucharadas llenas
en el centro

Luego la oscura
otras dos cucharadas
ojo de Sauron

Sigue cubriendo
acaba con las mezclas
tú a tu ritmo

180 grados
en cuarenta minutos
estará listo

El bizcocho te devuelve la mirada

Sopa de tomate a la albahaca

I say tomaaaaato, you say tomeito…

Esta es una receta sencilla, a la par que elegante. La puedes comer fría, la puedes comer caliente, la puedes comer templada. La puedes comer solo, la puedes comer acompañado, la puedes comer con una mano o con dos. La Thermomix es mi aliada, porque echo los tomates enteros y ella, con su infinito poder, me los transforma y me los devuelve sin piel. Si vas a hacerla con otro robot de cocina será mejor escaldar y pelar los tomates para no terminar escupiendo trozos de piel como un guerrero azteca. “Aquí está tu piel, histérica”.

Tómate la sopa

Lo que yo le puse:

  • 1 kilazo de tomates
  • 1 lata pequeña de tomates pelados
  • 1 cebolla hermoooosa
  • 2 puerracos
  • 4 dientes de ajo
  • 2 manojos de albahaca fresca
  • 2 vasos aprox. de caldo de verdura
  • 1 vaso de vino dulce
  • Aceite
  • Piiiiizca de tomillo
  • Piiiiizca de pimienta
  • Sal
  • Pelín de azúcar

*Esto me dio para llenar dos tupers bien llenados, o sea que puedes calcular la mitad si no quieres estar cenando sopa de tomate durante una semana, como un pobretón.

Lo que yo hice:

  1. Cortar la cebolla, junto con el puerro y el ajo. En la Thermo (como decimos las marus de la secta) eso viene a ser 4 segundos a velocidad 5.
  2. Añadir 2 cucharadas de aceite y programar 7 minutos, temperatura Varoma velocidad 1. Y esto lo pongo por decir algo, porque mi cerebrito de guisante nunca recuerda lo que hizo. Sí, sí, lo sé, tendría que apuntar las recetas.
  3. Cuando termine lo programado, añadir los tomates enteros (menos lo verde, que yo se lo quité por aquello de quítame de ahí eso verde) con un buen manojo de albahaca fresca lavada. Programé 20 minutos, 100 grados y velocidad 2 y me fui a hacer otras cosas que [CENSURADO] Antes de que terminara el tiempo, añadí el vaso de vino dulce (o “vaso de vino, dulce”) y seguí a lo mío.
  4. Pasado ese tiempo, eché los tomates de lata con su jugo, añadí la sal, una pizca de azúcar y el tomillo. Después, el caldo de verdura suficiente para cubrirlo. Programé 10 minutos, 100 grados y velocidad 2 y me puse a hacer cosas interesantes como leer mis feeds sin leerlos.
  5. Terminados los 10 minutos, tuve que esperar a que bajara un poco la temperatura y me puse con la parte más divertida de todas: triturrrrarrr. Sujetando con firmeza el cubilete para que no me salpicara todo por el bocal y terminara tuerta por el chupinazo de un tomate, trituré con el manojo de albahaca restante (bien lavada y bien fresca; como tú, mujer) durante 2 minutos y a distintas velocidades. Aun así, mi ojo de buen cubero no calculó que estaba a punto de sobrepasar los dos litros de máximo que permite el vaso y tuve que quitar un poco para poder seguir triturando a gusto. Unos manchurrones en los azulejos después, ya estaba todo listo para servir.